La voz del párroco
Cada domingo, el mensaje de nuestro párroco para toda la comunidad.
Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo
Queridos hermanos: este domingo coincide con la solemnidad de Todos los Santos, que invita a la Iglesia peregrina en la tierra a disfrutar anticipadamente de la celebración sin fin de la comunidad celestial y a reavivar la esperanza en la vida eterna. Esta aspiración espiritual, que todos los bautizados buscan alcanzar, se logra siguiendo el camino de las bienaventuranzas evangélicas, el mismo sendero que trazó Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun siendo conscientes de sus limitaciones humanas.
En su vida terrenal han sido pobres en espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, puros de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos a causa de la justicia. Dios los ha hecho partícipes de su felicidad: la gozaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, disfrutan de ella en su plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos; en una sola palabra: «de ellos es el reino de los cielos». No obstante, el cristiano ya es santo, ya que el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose a Cristo Jesús cada vez de manera más íntima.
En realidad, llegar a ser santo es la misión de todo cristiano; incluso, podríamos afirmar, de todo ser humano. Por eso, queridos hermanos, pongamos nuestra vida en las manos maternas de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados «de toda nación, pueblo y lengua». Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos.
